Llegó gracias a su relación con Raulito Speroni, a quien conoció jugando al fútbol en la primera del club Zamora, en Venezuela. Hoy formó a su familia, trabaja en Musimundo y agradece a nuestra ciudad por el acogimiento, respeto y cariño que le brindó siempre. Encontramos a una persona muy sensible y cada vez que mencionaba a su familia sus ojos se le llenaban de lágrimas

Gerardo Enrique Murillo Guerrero nació en la ciudad de San Cristóbal, estado Táchira, «orgullosamente venezolano», en febrero de 1988. Sus padres: Jesús Fernando Murillo Quintero y Enriqueta Guerrero. Tiene tres hermanos llamados Fernando (el mayor, arquitecto); Gregorio (muy buen jugador de fútbol) y Jesús (mayor del ejército venezolano). «No he vuelto desde que me fui de Venezuela, y la ansiedad, las ganas son de volver», reconoce, visiblemente emocionado.
¿Qué recordás de tu infancia?
“Lo más lindo, el barrio. Nací en La Castra, crecí en ese barrio, en el bloque 19, un edificio, rodeado de amigos. Recuerdo las partidas en la cancha de barrio detrás del edificio, todos mis amigos jugando a cualquier cosa, una infancia totalmente distinta a la que se vive hoy, sin tecnología ni celulares. Los juegos eran inventados. Una infancia como la de muchos, seguramente. Estudié en una escuela que quedaba a cincuenta metros de mi casa, donde estudiamos todos los del barrio. Algo muy lindo. Las vacaciones, todos metidos en el edificio jugando a todos los juegos que se pueda imaginar. Y siempre ligando todo a lo que dediqué una gran parte de mi vida, que es el fútbol. Jugué algo al béisbol de chico, un deporte que se practica mucho en el centro del país y salen muchos «peloteros» profesionales; pero el fútbol también es importante. Desde chico me gustó la pelota al pie, y así fui creciendo poco a poco, con mi vagancia de entrenar. Por ahí me llamaban de alguna escuelita, pero si cobraban no podía ir, porque mi vieja no me bancaba, no podía. Terminé yendo a una escuelita, la del Colegio de Ingenieros, que me bancaron ellos mismos, y ahí aprendí un montón. Crecí, emprolijé las cosas un poco, y tuve la oportunidad de estar más cerca de la cúspide del fútbol, de lo que se siente al poder estar en equipos más grandes, con gente grande, camerinos con gente de otros países, donde todo pasa a ser profesional y se convierte en tu trabajo”.
Muchos colombianos, venezolanos, de muchos países en realidad, vienen a la Argentina por su universidad, que es gratuita... ¿Allá pasa lo mismo?
“Seguramente que sí, en las universidades nacionales y públicas. Hay esa oportunidad, y son universidades de primera en las que empresas de todo el mundo buscan licenciados, ingenieros, de todo”.
Con varios años en la Argentina, ¿cómo nos ve a los argentinos, siendo como son los venezolanos, gente muy educada?
“Es algo que se trae desde la casa, diría yo. Es más: viene, para mí, de la educación que les dieron a nuestros padres y abuelos. Hablo por mí y por muchas personas que son así. Hay buenas costumbres, y eso se transmite con la educación familiar. Lo mismo en la escuela y en todas partes, están las «normas del buen oyente», las «normas del buen hablante», respetar a los mayores, mirar a los ojos cuando alguien habla, todo eso se inculca a los chicos desde pequeños; y así va creciendo uno, y no se pierde nunca. Entonces, cuando uno llega a algún lugar donde no respetan esas costumbres, uno respeta igual. Claro que a su manera, todos tienen su educación, es algo mundial; pero quizás tienen otro saludo. Nosotros, a nuestros padres, cuando los saludamos les decimos «bendición»; pero ustedes tienen también algo muy lindo, el beso, el abrazo...”.
¿Por qué te viniste a la Argentina?
“Fue hace casi cinco años, en noviembre de 2016. Decidí venirme porque veía un mejor futuro para mí. El fútbol venía bajando, aquello que yo amo ya no era lo mismo, y entonces tomé la decisión buscando un crecimiento personal, económico; una oportunidad en otro lado. Posiblemente una mano a mis viejos, a mi familia. Vine, y tuve la suerte y la oportunidad de desarrollarme en otro país, buscando un futuro un poco mejor. Allá, muchas personas piensan en un futuro mejor fuera del país, ya que vamos para atrás en muchas cosas”.
¿Y cómo llegás a Rojas?
“Otra historia linda que tiene que ver con el fútbol, algo que me dejó un compañero de un equipo de allá, el Zamora, que todos los rojenses conocen y saben qué tipo de persona es él y su familia; Raulito Speroni. Él me abrió la puerta y me brindó una oportunidad para venir acá. Con esa oportunidad tomé la decisión final de venirme. El Zamora era mi segundo equipo en primera división; entrenaba ahí, y lo conocí a Raulito de vista. Él estaba en un laguito haciendo un trabajo diferenciado, y cuando lo escuché, pensé «es argentino». Una persona muy especial, que dentro de la cancha te banca a morir, y fuera de la cancha, también. Vivimos momentos cortos pero inolvidables, en el fútbol y también afuera. Uno la sufre cuando es pequeño porque no tiene las mismas comodidades que un chico grande, como tenía Raulito y los más grandes que jugaban siempre. Él fue el trampolín para que cayera en Rojas; después de diez años nos volvimos a hablar por un mensaje de un compañero que tuvimos en común y se vino para Rojas, Juan Pablo, otro venezolano que ahora está en Buenos Aires. Por él me puse en contacto con Raúl, y así empezó todo, el trámite, el viaje. Lo molestaba todos los días, porque no es fácil irse a otro país y llegar a la nada, ya que no conoces a nadie”.
¿Cómo es el trámite legal, la visa?
“Uno puede tramitar tranquilamente su DNI extranjero. El de entrada lo hace uno trayendo certificados de que no tiene antecedentes, es transitorio. Yo lo tramité apenas llegué, y después de dos años se renueva y te dan un DNI permanente, creo que tiene veinte años de vigencia. Por suerte, en lo que es papeleo no he tenido problemas en la Argentina; y no los tendré”.
En la Argentina encontraste trabajo, pero también a tu pareja...
“El trabajo fue lo primero; conocer, que me conozcan, sentir la diferencia en la cultura, y todo eso se dio en El Bodegón, la pizzería de Raulito. Ése fue mi primer trabajo y el barcito de mis amores. Viví ahí, lo sentí, desde el principio estuve a la par de él, dando una mano en todo lo que podía. Viví dos años muy lindos ahí, y también trabajé con el Pulpito Giurlanti, otra de las personas que me brindó una mano; trabajé con él en la cocina. Fuimos un lindo equipo y pasamos muy lindos momentos en El Bodegón. Al año y medio tuve una experiencia grandiosa que, bueno, me llenó mucho el alma; fue estar con Albertina. Cuando decidió venirse acá me dieron la oportunidad de estar con ella, de ser su compañero en el trabajo, y ésa también fue una linda experiencia. Vivimos momentos buenos y otros no tan buenos, pero todo sirvió para crecer y para reír. Ella me hizo descubrir cosas lindas mías; también descubrió cosas de ella, un montón. Y finalmente llego a Musimundo, por otra oportunidad que me dieron. Se iba un chico de acá, Joaquín Mansilla, de emigrante a otro lado. Entonces, Antonio González me avisa de la oportunidad. La mujer de Tony era enfermera y trabajaba con Alber; me comentó que se iba Joaquín, y entonces traje los papeles y me tomaron. Es un trabajo lindo, que muchos buscan, y gracias a Dios y a la Virgen que, por personas lindas y buenas que hay acá, se me dio esta oportunidad. En esa oportunidad estaba Fernando Rigo como gerente, y Eber «el Papu» Gómez, mi compañero, también muy buena persona. Ambos querían que yo estuviera ahí. Es otra cosa; un trabajo estable, mi sustento y el de mi familia en parte”.
“Y a mi gordita la conocí en El Bodegón, poco tiempo después de llegar. Fue en 2017, una relación muy linda que todavía sigue, con sus detalles; hay mucho sentimiento en nosotros dos. Ángeles es una persona diferente, yo me siento acobijado, siento el amor que me da y sé que va a estar para mí, mientras yo estoy para ella. Es mutuo. Hemos tenido nuestras discusiones, nuestras diferencias, pero cuando hay amor es difícil no seguir. Todavía estamos con nuestros sueños, yo tengo muchos todavía por cumplir y espero que sea ella la que esté a mi lado porque la quiero mucho, más de lo que se imagina quizás. Es Ángeles Maderna, maestra de la escuela 1, con dos chicos, Elías y Luisina Sobrón. Los quiero mucho, vivo con ellos, son parte de mí. No son mis nenes de sangre, pero si son los hijos de mi novia también son hijos míos, parte de mí”.
¿Jugaste en El Huracán?
“Sí, pasé por El Huracán, y estoy muy agradecido por eso. No quiero dejar de mencionar a todos, a Raulito Speroni, al Tula, a Vivi, a Tuto, a Eva, a Alber, a Germán y a los perros, que nunca los olvido. A todas las personas que me han conocido y también a quienes no conozco. La gente del Globo es de mi sangre; se vive como yo lo viví allá en el barrio, los chicos inclusive. Estuve también entrenando un poquito con la gente de Argentino, pero arranqué en el Globo y estoy muy agradecido por eso. Me hicieron parte del club, uno de ellos, y me bancaron mis buenos y malos momentos, dentro y fuera de la cancha. Agradezco también a los profes, Juan Arozamena y el Tula; a la directiva con Chafa Magistratti y todos los que están ahí. Recibía una ayuda de parte de ellos que me servía mucho en algunos momentos. Estuve relacionado con mucha gente, en El Bodegón, en Musimundo, son mi familia. Un saludo a mi suegra, a mi cuñada que está en Rosario, al esposo que es futbolero e hincha de Ñuls a morir, al nene de él que es un geniecito en crecimiento, y que me disculpen si me he olvidado de algunos. Los quiero mucho y me encuentran acá para lo que necesiten”.

Gerardo Murillo en Musimundo, su lugar de trabajo y junto a sus compañeros