El afilador: un oficio en extinción que goza de buena salud

Tobías Argañaraz es juninense; continúa con la tradición iniciada por su abuelo vasco en la Argentina; tiene clientes en toda la región y vive tranquilo junto a su familia gracias a ese trabajo. En Rojas, hizo un alto en su labor para contar sobre su vida

 

Tobías Argañaraz es afilador_ vive en Junín pero viene a Rojas a trabajar

 

Tobías Argañaraz es afilador; vive en Junín pero viene a Rojas a trabajar. Heredó el oficio de su abuelo vasco, llegado a la Argentina en épocas de la segunda guerra mundial. Su padre también lo ejerció, y hoy lo continúan él y sus hermanos.

 

A los treinta y tres años, sabedor de que ejerce un oficio poco común en estos días, recorre las ciudades aledañas a la suya; entre ellas, Rojas. «Me vengo en el Pullman, cada veinte días, a trabajar al pueblo; tengo mi bicicleta con el "muñeco", como lo llamamos nosotros; el eje que hace girar una tercera llanta, que no es la de las ruedas, a la que movemos pedaleando. Así gira la piedra, que es la que afila los cuchillos y las tijeras», explica Tobías.

 

Para anunciarse utiliza el clásico «afilador», una flauta de pan de cotillón, de plástico, que solamente se construye en Argentina y en España.

 

El de afilador es un oficio en extinción. En Rojas, por ejemplo, no hay ninguno. Tobías reconoce que «por ahí hay alguien que tiene un tallercito, y ahí afilan; pero que anden en la calle, como antiguamente, no hay. Yo vengo cada veinte días a Rojas y también voy a Los Toldos, Vedia, Alberdi, Lincoln, 9 de Julio, Carlos Casares, Chacabuco, Pergamino, Zabalía, y mis clientes ya saben cuándo voy. La gente tiene mi número de teléfono, y son muchos los que me conocen y me llaman».

 

Tobías terminó su escuela primaria, y luego cursó varios años de una secundaria en Electromecánica en José C. Paz, conurbano bonaerense. «Ahí armé la bicicleta; no pude terminar la secundaria, pero me gustaría hacerlo; tengo chicos que ya están por ingresar a la escuela, así que posiblemente el año que viene pueda terminarla yo también».

 

«Ser afilador tiene algo lindo: que cada día podés aprender algo nuevo. Yo estoy en un grupo de WhatsApp donde hay afiladores de todo el mundo: de México, de Guatemala, de Colombia, de Venezuela, de Portugal, de España, de Alemania, y siempre dicen que hay mucho por aprender. Uno puede hacer un trabajo de primera calidad, teniendo las herramientas y trabajado en las condiciones que corresponden. Se pueden hacer trabajos espectaculares y muy prolijos», expresó.

 

«Yo me dedico exclusivamente a esto; ciento por ciento; vivo de esto», añadió, y a modo de mensaje señaló que «lo que siempre les recomiendo a mis amigos es que, ya sean parqueros, sean albañiles, cualquier oficio que tengan, que se lo tomen en serio; que intenten aprender todos los días algo nuevo, y que valores ellos mismos su trabajo para que la gente lo pueda valorar también. Por sobre todas las cosas, que amen lo que hacen; si vos amás lo que hacés, lo harás de corazón y con el tiempo Dios te dará la recompensa. A mis treinta y tres años hice dos casas; tengo vehículo yo, mi esposa, criamos bien a nuestros hijos, no nos falta para alimentarnos... Así como está todo, el "laburante" siempre va a salir adelante; esté el gobierno que esté, o en cualquier situación. Si uno la rema, se puede salir adelante si uno ama lo que hace y se esfuerza. A veces me encuentro con un jubilado que no tiene para pagarme; pero yo le hago el trabajo igual, como si me lo estuviera pagando; con el tiempo, Dios da la recompensa. Cuando uno hace las cosas bien, tarde o temprano tiene su recompensa», finalizó diciendo.

 

Para anunciarse utiliza el clásico «afilador», una flauta de pan de cotillón, de plástico

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