Fue un jugador nacido en la cantera de Jorge Newbery, de un espíritu inquebrantable, siempre pensó en preparase de la mejor manera, pensando profesionalmente, impecable, admirado por chicos y grandes. A los 18 años se fue a probar a Lanús junto a Bicho Chavasco y el Gato Pérez; también pasó por Temperley; Douglas Haig y Argentino de Pergamino. Un accidente automovilístico frustró su carrera profesional, para anclar en el fútbol local y escribir una rica historia, saliendo campeón en 1983, 1984 y 1990, con la casaca de sus amores, la rojinegra. Su paso por la selección de Rojas, el Deportivo Unión y Argentino de Rojas

Omar Mirabet con la casaca de Lanús en el profesionalismo
Datos personales. Omar Mirabet nació el 22 de enero de 1952 en Pergamino, aunque fue criado en la zona rural de Hunter, a unos cuatro kilómetros de ese paraje. Es hijo de Francisco Mirabet y María Isabel Bartomioli, ambos oriundos de esa zona. Tiene una hermana, Hilda, que vive en Pergamino desde hace muchos años, y tres hijos: Mauricio, Mariano y Maximiliano.
¿Qué recordás de tu infancia en el campo?
“Tengo muy lindos recuerdos de mi niñez en el campo. Yo me crie cerca de Hunter, y mi viejo iba siempre a jugar al club, o a los boliches que había en esa época. En el lugar había muchos habitantes, no existía la ruta, y cada pueblo tenía su historia, su vida propia; había cooperativas, varios almacenes de ramos generales; dos clubes, uno de cada lado de la vía, el Deportivo Hunter y el salón Sarmiento. Había una canchita de fútbol, otra cancha oficial del club, y unos veinte chicos que nos encontrábamos todos los días remontando barriletes, yendo al río a pescar, jugando con los autitos en las calles de tierra, o jugando al fútbol, que es lo que más nos apasionaba”, contó Mirabet.
Recordó que “como en todos los lugares, estaban los destacados; en cada pueblo había un ídolo futbolístico, y ahí lo teníamos a "Queto" González, que fue muy buen jugador, pero que nunca llegó a mucho porque no se lo propuso. Era el jugador del pueblo, y nuestros padres siempre depositaban en él todos los elogios; y nosotros veníamos todos de atrás: los Brizuela, había muchos chicos que jugaban bien al fútbol, y con ellos nos fuimos curtiendo”.
¿Cómo fue su formación? ¿Pasó por divisiones inferiores?
“A los diez años me vine a jugar a Newbery, a través de una persona que actualmente está presente, Miguel Pajón, él jugó en Newbery, y también tuvo un paso por la selección de Rojas. En una oportunidad estaba pintando la escuela N° 10 de Hunter, nos convocó y nos trajo en tren a tomarnos como una prueba, que en realidad fue un fichaje. Vinimos varios, pero el que quedó fui yo, no porque los demás no tuvieran condiciones, sino porque no les gustaba viajar, venir a Rojas. Querían jugar en el campo, en lo que se llamaba la Liga Independiente. Era algo diferente a esto, que es mucho más organizado”.
¿En qué año debutó en primera?
“Por una circunstancia de que se había lesionado Miguel Pajón, en la época de Carlos Puzzo, de Benito Luna, los Bramati, Raúl Linare, en el año 1967 comencé a jugar cuando tenía quince años, contra el Fútbol Club de O’ Higgins, un club importante con jugadores como los hermanos Fiori, que jugaron en la selección de Rojas, y Garrido, un 9 que terminó como canchero de Racing de Avellaneda cuando estaba Lisandro López. En esa época ni siquiera se practicaba, se corría un poco los jueves, y como yo era delantero en las inferiores me pusieron en primera pero de 4, porque tenía un físico grandecito para ser pibe. De 9 jugué, e inclusive jugaba en quinta, o en cuarta”.
¿Cómo sigue la trayectoria en primera división?
“Mi padre le pide a Newbery que me diesen a préstamo un año o dos, porque Hunter estaba en la Liga de Salto y empezó a "repatriar" jugadores. Inclusive llevaron a algunos de Rojas. Mi papá era presidente del club, me llevó allá, y jugué algunos años. En el 68 volví a Newbery, y en el 70 nos fuimos a Lanús. Hasta ese momento no había salido campeón nunca”.
¿Cómo se da el salto al profesionalismo?
“A Rojas llega una persona de apellido Montenegro, un masajista amigo de Coco Amichetti y de la gente de Argentino. Era captador de chicos, algo no muy usual en esa época. Él nos convocó a tres chicos de mi edad: el Gato Pérez de Juventud, Chavasco de Argentino y yo de Newbery. Hicimos unas pruebas y nos presentó al coordinador de las inferiores del club, el histórico capitán de la selección argentina, Héctor Guidi, un jugador muy célebre que jugó siempre en Lanús, excepto un año que estuvo en Independiente. Antes era muy raro que un jugador cambiara de club, era como un patrimonio. Ahí estuvimos tres años, pero antes Lanús no era como ahora; tenía un estadio viejo de madera, canchitas muy rudimentarias, no había "despegado" todavía. A mí me tocó jugar en todas las canchas del fútbol profesional. Soy "fana" de San Lorenzo y estuve a punto de debutar contra mi equipo, el del Bambino Veira, del Lobo Fischer, de los matadores, del equipo del 72 que salió campeón invicto. Estaba concentrado en un hotel y esperaba ansioso ese partido en la vieja cancha de San Lorenzo, que también era de madera. En ese momento la única cancha en otras condiciones, que "le sacaba un campo de ventaja" a las demás, era la de Vélez. Ahí estaba el famoso Lento García, que gracias a Menotti recorrió el mundo en el 68, se quedó meses en Europa y vio allá cómo se trabajaba y se preparaban los estadios”.
¿Finalmente, debutaste en primera división?
“En el año 1972 contra Atlanta. Me tocó por circunstancias de la lesión de un compañero. No me fui muy bien en el debut, perdimos 1 a 0 por un error mío, algo que te marca de alguna manera. Jugaba de 4, marcador de punta derecho. Yo tuve un técnico que era de Boca, Benicio Acosta, un marplatense que me llevó a practicar con la primera. Me cambió de puesto y me puso de central, lugar en el que seguí jugando inclusive cuando volví a Rojas. Por mi físico, por mi actitud, era más central que lateral. Pero como nunca lo había hecho, me parecía que era como invadir el puesto de un compañero. Estuve más de un año practicando con el plantel profesional junto a Roberto López, alguien que jugó como central en muchos equipos de primera, y entonces ¿cómo me iba a poner a jugar de central, si estaba él? Todo esto, sin quitarle mérito a nadie. Aprendí muchas cosas, estuve tres años en Lanús, al que se lo catalogaba como "club ascensor", estaba un año arriba y el otro abajo; no tenía estabilidad futbolística que después, con los años, fue logrando. Hoy, Lanús no tiene nada que envidiarle a ningún otro de primera; tiene una capacidad de albergue, ciudad deportiva, estadio, impresionante. Es como una familia grande que se apuntaló a través de una intendencia que apoyó a ese club de barrio, la de Quindimil, un patriarca peronista que le dio mucho apoyo a la institución. Yo soy hincha de San Lorenzo pero tengo muchas amistades en Lanús; de hecho, he llevado a muchos chicos a probarse. Hoy me he alejado, me estoy haciendo grande, muchos de mis amigos ya no están, y es como que hay que tocar de oído. Pero tengo muy buenos recuerdos”.
¿Cómo sigue su carrera?
“Pasé a Temperley, que estaba en la B, en el año 73. Diferente, pero con un gran equipo cuyo capitán era de Rojas, Luisito Barbieri. Yo no llegué a jugar, pero sí a practicar con ellos. Estaba haciendo el servicio militar, tenía unos kilos de más, y por eso no jugué; recién volví en el año 74. Un gran equipo, integrado por jugadores como Horacio Magalhaes, el 5 que estuvo en Racing; el Negrito Corvalán, que jugó en Vélez; Salvador, un central que también estuvo en Huracán; un equipo muy importante, que me marcó aunque más no sea de compartir vestuario. Pero como siempre tenía el reconocimiento de la gente de Lanús, en el 74 me dieron la posibilidad de irme a jugar a Venezuela; a un club de Caracas junto con dos compañeros, por un par de años. Pasó que pedí quince días para visitar a mis padres, en Rojas, y en los últimos días, cuando acompañaba a unos amigos, Gramilla Calvet y Hugo Iriart, tuvimos un accidente grande en Luján. Eso me impidió ir, porque tuve unos ocho meses de recuperación. En Lanús me dejaron quedarme sin goce de sueldo, y si quería podía practicar; pero tomé la decisión de volverme a Rojas, porque el tren había pasado y yo no estaba ya en los planes del club. Tuve la oportunidad de ir a Venezuela, pero finalmente me quedé acá. A fines del 74 había decidido dejar el fútbol, pero los amigos no me dejaron; un día me llevaron a un aniversario del club Unión, y finalmente me quedé a jugar ahí. Fiché y jugué, en el 74 y 75. Ahí llegué a la selección de Rojas y después a la de Pergamino, porque el técnico era el mismo. Desde esa selección pergaminense llegué a Argentino de Pergamino, con el que salí campeón luego de veinticinco años. Muchos de los jugadores de ese equipo venían se la selección de Pergamino como Omar Jorge, los Ferreira, Beto Corona, grandes referentes con los que tuve la suerte de jugar. Al año siguiente me vine a Argentino de Rojas, con el que fuimos campeones en el 77. En el 78 fui subcampeón con Douglas. Héctor Chavero era un buen técnico, excelente profesor de educación física; él me preguntó por Polaco, cómo era como persona, como jugador, y al final lo llevaron. Jugué muy poco por una lesión de meniscos, y cuando volví no llegamos a ser tan competitivos. En el 80 pasé a Provincial, hasta el 82. Seis temporadas en total estuve en Pergamino, fueron los mejores años futbolísticos. Jugué hasta los treinta y nueve, pero la plenitud se da ahí, entre los 24 y los 30, más o menos. Claro que a esta altura de la vida uno se da cuenta de que, más allá de lo deportivo, lo mejor que queda es la amistad, la gente que quedó en cada una de las ciudades. Queda la persona, la amistad”.
¿Cómo siguió la carrera en Rojas, hasta su retiro?
“Terminé en 1990, me retiré campeón. Había vuelto a Argentino por gestión de alguien que para mí fue muy importante, Pedro Boyeras, uno de los más importantes junto con Balín, con Coco Rivoltella. Gente que pensaba y que tenía un gran equipo, con muchas ganas de superación. Boyeras hizo mucho para que yo volviera al club, del que no me había ido de la mejor manera. Venía a mi casa, me hablaba, me hacía entender situaciones, y así fue como volví y estoy muy agradecido”.
El recuerdo de cuando falleció tu papá, en ese partido jugando para la selección de Rojas, y tus hijos, que salieron todos futboleros...
“Lo deportivo va marcando también lo personal. En el año 74 quería dejar el fútbol, y en ese momento lo tomaba como que había quedado un vacío. Las expectativas son otras, las ilusiones también, pero gracias a la gente de Unión de Carabelas me entusiasmé otra vez. Compañeros como el Tano Casciato, como Espíndola, Maidana, jugadores que estuvieron en el fútbol profesional, en la B metropolitana... había buen nivel, pude llegar a la selección y compartir con todo el ámbito de los jugadores. Eso le falta a Rojas, la selección, algo que ocupaba un rol muy importante; motivaba al jugador de Rojas. Vestir la camiseta de la selección de Rojas era el summum, íbamos a nivel regional, era muy importante jugar a ese nivel. Uno se sentía la "figurita" de la ciudad, y todos estaban detrás de nosotros. Nosotros lo teníamos de hijo a Colón, después a Junín, a Lincoln, a San Nicolás... había una gran movilización de la gente. Seguramente muchos van a recordar esa época al leer esta nota. A veces ibas a un negocio y no te cobraban lo que habías comprado; o te invitaban a los hoteles; era algo que hoy no se ve. Por ahí hay otras cosas que no alcanzamos a advertir porque no lo vivimos; pero lo nuestro fue eso, estar motivados y ser representativos de la ciudad. Ganar el respeto del futbolero. Se generaba ese clima, una cosa hermosa”.
“El día que falleció mi papá estaba jugando en Colón, creo que fue el segundo partido que jugaba con la selección de Rojas. El primer partido lo habíamos jugado en la cancha de Juventud, y nos tocó perder 2 a 1, con dos goles de Chiquito Vignaroli, que venía de vuelta pero metió dos golazos. En el minuto 90 tengo la suerte de un tiro libre, el Negro Mercado la peina, descoloca al arquero y descuenta sobre la hora. Para esto, teníamos que ir a Colón y ganar por una diferencia de dos goles. Mi viejo tenía cuarenta y nueve años y sufría del corazón, la medicina no era como ahora, y ocurrió que al festejar el gol que nos dio la clasificación, porque ganamos cuatro a dos, saltó a festejar y cayó muerto. Eso te deja marcado, pero hay que reconocer que murió en la de él. A la mañana le había dicho que no le convenía ir, porque iba a ser un partido muy caliente, pero medio como que se enojó, dijo que era grande y sabía lo que hacía, y tuvo dentro de todo una muerte linda, viviendo al fútbol como lo viví yo y como lo vivieron mis hijos”.
“En 1983 salí campeón, una etapa en la que tengo un feo recuerdo, la muerte de Caco Andreozzi, un chico muy bueno. En la primera práctica me dijo que él era como yo; le dije que yo siempre iba a estar en punta, que me gustaba ser el más atleta, comandar los grupos, y él me dijo que sí, que él sentía lo mismo, estaba siempre "a full". En la primera práctica lo vi flaquear y se lo dije; a las dos vueltas estaba sentado sobre las chapas del túnel, y un ratito después lo vi a Pedro con el chaquetín de médico que se lo llevaba del hombro. No lo vi nunca más; a los pocos días falleció y fue algo que marcó a todo el grupo, que se nos fuera a los 23 o 24 años”.
“Después fui dirigente, manejé la campaña para llegar a Olimpo de Bahía Blanca como club, con un equipo semiprofesional que logró ser tercero. Un gran logro trayendo a jugadores como el Negro Carrizo, Antonetti, la Vaquita Colombo, arqueros de jerarquía como el Gato Cardozo y D’ amore, Jorge Barrera a nivel local... un gran equipo. Después vinieron los hijos, que también juegan al fútbol e hicieron todo como yo. El más chico llegó a la primera de All Boys en primera B, después se fue a la primera de Chile en Santiago Wanderers, con el Pepe Basualdo como técnico; estuvo en Italia, en federales, jugó muchos años. Los otros también estuvieron en Douglas, en Lanús, en distintos clubes”.
¿Qué es lo más importante que te dejó el fútbol en la vida?
“Estar contento y agradecido de la vida; la familia, mi viejo que era futbolero y me trajo a esto; haber conocido muchos lugares, mucha gente; y todo lo que quedó después: ser campeón, festejar un campeonato, y lo que va a perdurar, que es el reconocimiento de la gente y las amistades. El fútbol genera la cultura del respeto, de la consideración y del agradecimiento. En este caso, estoy agradecido por esta nota; tuve una gran amistad con tu padre (Juan Carlos Zambuto), con todos los periodistas de mi época a nivel local, y vos (Carlos Zambuto), sos la continuación de esa raza que tanto apoyo nos dio”.

Jorge Newbery Campeón 1984. Ascención, Montautti, Marcelo Gizzi, Mario Quiroga, Mario Manghi, Miguel López, Omar Mirabet, Daniel Cardigni, Miguel Di Giácomo, Héctor Díaz, Guillermo Rosset, Jorge Valdez, Luis Omar Alvarado, Jorge Alberto Alvarado, Miguel Papasidero, Marcelo Bolognese, Alfredo Di Giácomo y Caruso.