Lo conocimos trabajando en el Remis “Correcaminos”, con su hablar pausado y tranquilidad, nos contó sus experiencias, cuando con 26 años se fue a vivir a Santa Cruz de Tenerife, España; una isla del viejo continente donde su territorio en extensión se asemeja al nuestro, pero donde viven un millón de personas. A continuación sus vivencias en suelo europeo, el trabajo, la economía, la política; como así también los recuerdos de su infancia y adolescencia en su ciudad natal

En familia. Albertro Veliz Navarro, junto a sus hermanas, Dominga y Paula Véliz y su madre Tomasa
Datos personales. Alberto Veliz Navarro nació el 30 de septiembre de 1960 en Rojas. Es hijo de Salvador Veliz y de María Tomasa Navarro, ambos oriundos de la provincia de San Luis. Son cinco hermanos: Juan, el mayor; Dominga; Paula (nacidos en Concarán); Margarita y él (nacidos en Rojas). En 1986 se radicó en España y se casó con María del Mar Díaz Rodríguez, con quien tuvo tres hijos: Juan Alberto, que hoy tiene treinta y tres años; Eduardo Tomás, de veintiuno; y Hugo Luis, de diecinueve.
¿Cómo fue su infancia?
Consultado al respecto comentó que “mi primera infancia transcurrió en la zona donde hoy está la ENSNA, que era un corralón sobre calle Sarmiento, para nosotros un lugar de esparcimiento porque íbamos a jugar a la pelota, venían los circos, los parques de diversiones... y al lado la plaza Moreno. Todavía conservo algunos amigos por ahí, como el Gato Michaud, gente que me recuerda”.
¿A qué escuela fue?
“Fui a la escuela 1, y mi primera maestra fue Blanca Tarditti, que vivía en Paso y Villegas. La señora Edia Blanco también fue mi maestra, lo mismo que Delia Cristofól de Martínez, a quien todos recuerdan con profundo cariño y agradecimiento. Luego estuve un par de años en la escuela técnica, y al poquito tiempo me incorporé a la Marina, a la Escuela de Mecánica, donde pasé un año. Afortunadamente no vi nada de todo lo que sabemos que ocurrió ahí. Como suceso extraño recuerdo el aterrizaje de un helicóptero, cosa que no era normal en la escuela. Ese día, cuando terminamos el estudio y nos íbamos a dormir, teníamos que pasar por la plaza de armas; y esa noche había unos guardias que nos impidieron pasar por ahí. Vimos un helicóptero, y eso nos dio la pauta de que había actividades que los alumnos no conocíamos. Después supimos que al costado de la ESMA, dentro de su territorio, hubo un centro clandestino de detención. De hecho, no era tan clandestino, porque el gobierno militar lo permitía. Era clandestino para los civiles, y después supimos que era un centro de reclusión y tortura. Lo supimos por la historia posterior”.
“Después me fui a la flota de mar, estuve en varias unidades navales de la época, hasta que solicité la baja. Volví un tiempito a Rojas, donde estuve un año, más o menos, y después me fui a España, donde viví la mitad de mi vida”.
¿Tuvo algunas experiencias interesantes, entre ellas la fragata Libertad?
“Sí. Mi primera incorporación a una unidad naval fue en el portaaviones 25 de Mayo. Era diciembre del año 1977; me descargaron de un colectivo, recogí mi bolsa de equipo de un camión, y nos llevaron a la dársena de Puerto Belgrano. Ahí había un montón de buques de la flota, y dos gigantes, el crucero General Belgrano, de la segunda guerra mundial, y el portaaviones 25 de Mayo, de fabricación inglesa pero que había sido parte de la flota holandesa. Nosotros lo recibimos de tercera mano. Me impresionó porque uno miraba para arriba y era un monumento de metal. Fueron mis primeras navegaciones. Luego estuve en otras unidades como la fragata Libertad, el submarino San Luis... y una vez me mandaron al crucero Belgrano”.
¿Conoció parte del mundo navegando?
“Justamente por estar en el portaaviones, que por su calado no tiene puertos en donde atracar, me quedaba navegando. Los otros barcos atracaban, pero nosotros seguíamos en el mar. Podíamos ver las ballenas, pero no desembarcar. Asi conocí Ushuaia, donde estuve destinado, y parte de la patagonia; Río Gallegos, Cabo Vírgenes, el estrecho de Magallanes y, de lejos, Malvinas. Con la fragata pasé también por puertos extranjeros. Una linda experiencia que recuerdo con mucho cariño. Conservo muchos amigos de esa época. Gracias a las redes sociales nos pudimos reencontrar”.
¿Cuándo se fue a España?
“En el año 1986, teniendo veintiséis años. Me casé con una chica española, a la que había conocido en un viaje con la fragata Libertad. Surgió una unión entre nosotros y yo intentaba que ella viniera para aquí; pero veía cierta decadencia en este país, y no quise sacarla de su mundo, de su entorno social, habría sido difícil, un gran esfuerzo, sobre todo para ella. Entonces, fui yo para allá, formé mi familia y nos establecimos en Santa Cruz de Tenerife, una ciudad que está a la orilla del mar y tiene su historia. Una de las capitales de las Canarias, que son dos provincias en siete islas. Allí la vida es apacible, aunque vive mucha gente en un pequeño territorio. Pero si uno se acostumbra al tumulto de la gente, es muy lindo. Un clima totalmente diferente al de la España continental; la eterna primavera. Aunque el cambio climático de alguna manera ha revertido esa situación. Tenerife tiene unos dos mil kilómetros cuadrados, más o menos como Rojas, pero con un millón de habitantes. El agua del mar es algo más fría que la del Caribe, aunque muy transparente, y con unas playas tremendas”.
¿A qué se dedicaba allá?
“España pertenece desde el año 86 a la Unión Europea; y como tal, tiene que cumplir con una serie de normas en cuanto a niveles de inflación, de desempleo y demás. Eso hace que la vida de las personas sea estable, no haya sobresaltos económicos y se pueda planificar un poquito la vida. Teniendo un empleo fijo, las personas pueden pensar en mejoras para el futuro, con esperanza. Yo hice varios trabajos: fui empleado administrativo en un almacén de material sanitario; repartí periódicos, hice de todo. Trabajos estacionales. Y luego comencé a trabajar como panadero, durante algunos años, hasta tener mi propia panadería. Pero hubo algunas crisis como la de 2008, que paralizaron la economía mundial, y todo empezó a cambiar, aunque la situación seguía siendo estable. Treinta años viví ahí, y luego tres años, desde 2016, en Sicilia, al sur de Italia. La economía afectó a toda la Unión Europea, pero los países del sur del Mediterráneo, como Italia y Grecia, se vieron más afectados. Ahí vi el "boom" de la inmigración africana, que siempre busca ingresar por las puertas más cercanas, como son España o Italia. Sicilia está a un paso de la antigua Cartago; el Mediterráneo es un mar pequeño, y tiene varias islas, una de ellas, la de Sicilia. Allí llegan africanos en débiles embarcaciones, apoyados por mafias que explotan a la gente que busca nuevos caminos en su vida. Es lógico que estos africanos, que viven una vida en muchos sentidos miserable, quieran entrar a Europa”.
¿Qué es lo que más extrañaba de la Argentina?
“Es mi terruño, y uno lo lleva incorporado. Como dato significativo de mi apego a mi tierra siempre cuento que mis sueños están poblados de los lugares del mundo en los que estuve, pero por ejemplo, cuando paso por una calle de París, veo una esquina y me parece que es una esquina de Rojas. Siempre rememoro las calles de mi pequeña ciudad. La lluvia, cuando cae, en Rojas tiene un olor que no está en otro lugar. Ese olor se va con uno. He llevado en mi memoria, en mi mente y en mi corazón, los aromas del paisaje de mi tierra”.
En este momento de incertidumbre, ¿qué le diría al que quiere irse del país?
“Es comprensible que todo el mundo quiera mejorar, y en nuestro país parece que no hubiera posibilidades de futuro, en virtud de las malas administraciones económicas. Los sucesivos gobiernos prometen cosas que después no se llegan a cumplir, y la gente se desalienta por eso; quiere mejorar, lo cual es completamente comprensible”.
¿Cuál es su proyecto para el futuro?
“Obviamente, tengo muchas ganas de volver a España, al lugar donde viví treinta años, al que aprendí a amar porque entre otras cosas crie a mis hijos ahí. Hace años que no veo a mi familia, y sueño con volver a abrazarlos. Los dos más pequeños eran adolescentes cuando yo me fui de España, hay cosas que no pude darles; fue un desarraigo familiar”.

El 4 de julio de 1980 en Nueva York, en ocasión del desfile naval conmemorando el aniversario de la independencia estadounidense. En la Fragata Libertad

Playa Las Teresitas en Santa Cruz de Tenerife. Foto tomada por el mismo Alberto Veliz